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Las cartas de mi adolescencia: Parte 2

Actualizado: 20 jun 2022

Hay otro tema que todavía me duele un poco: mi mejor amiga de esa fase; una persona que conozco desde los 6 años, que se volvió mi confidente en mi adolescencia.


“P” era prácticamente todo en la vida de esta quinceañera. Con ella hice muchas cosas que no conocía, bien fuera por mi pésima influencia o por la suya. Éramos cómplices totales para lo bueno y lo malo. Nos emborrachamos, fumamos a escondidas cigarrillo y porro, nos escapamos del colegio, entre mil cosas más. Nadie me hacía reír como “P”, siempre ocurrente y divertida. Y era la persona que con la que más cartas me escribía.

Fue una delicia agridulce leer todos sus pensamientos; con esas carticas de letras de muchos colores, me pude teletransportar a mi yo de 13 a 16 años. Recordé tantas cosas que estaban escondidas en mi cabeza, y me reí, lloré, me dio rabia y finalmente entendí por qué no era parte del destino ser amigas para siempre. No puedo decir que no la extraño porque vivimos muchas cosas juntas, pero yo estaba destinada a otras amigas incondicionales, y a la larga mejores que ella.


“P” no era una persona confiable, buscaba agradar, quería ser importante. En sus cartas entendí que anhelaba vivir un romance de novela; cambiaba de interés amoroso como cambiarse la ropa interior, sufría si no tenía traga o buscaba la forma de sentirse en despecho constante, solo por tener un motivo para llorar. Y por lo mismo cambiaba de amigas; “P” siempre tuvo unas dotes actorales superiores a los demás por lo que supongo que simplemente quería sentir. Y hoy tengo la duda si nuestra amistad fue una actuación o fue verdad.


Aún me cuesta trabajo hablar de la traición de “P”, que tiene todo que ver con su tema con el amor; aunque es una herida cerrada, dejó una marca fuerte en mí y desde ese momento perdí un poco la fe en las personas. Es como una cicatriz tipo queloide que me recuerda un instante muy triste de mi vida.


No voy a explicar lo que pasó porque eso da para un post completo, pero si voy a hablar de las consecuencias de su modo de actuar. Soy consciente de que yo no era perfecta, pero no merecía lo que pasó. Por sus mentiras yo fui la mala para muchas personas, fui juzgada y maltratada. Mi imagen quedó manchada y por todo esto pasé por un momento de soledad muy difícil de sobrellevar para una niña de 16 años. Aunque tiempo después me pidió perdón más de una vez, las cosas nunca pudieron volver ser iguales y al final decidí sacarla por completo de mi vida con un mail. Yo solo quería sanar, poder confiar de nuevo, y con el tiempo pasó, aunque yo nunca volví a ser la misma.


Leer sus cartas me hicieron por un momento extrañarla, querer reír con ella como en el pasado y saber de su vida, aunque sé que nada va a cambiar.


A veces es mejor dejar tranquilo lo que ya se fue; si algo aprendí de la situación en la que me puso “P”, es que todo pasa eventualmente así parezca de momento, imposible.


Probablemente, la recordaré hasta el último día con cariño y nada de tristeza. Juntas pasamos la etapa más conflictiva del ser y solamente por eso llevaré conmigo lo lindo que vivimos, y soltando lo feo, que menos mal sucedió hace tanto tiempo.


Para terminar, los escritos de “JC” y las cartas de “P” ya están en la basura. Lo bueno se conserva y lo malo hay que dejarlo ir.


Y las otras cartas, escritos, dibujos y demás recuerdos, de personas que amo y siguen en mi vida, volvieron al baúl de las memorias. Seguramente las sacaré de nuevo, cuando no pueda contar los años con los dedos de las manos y para volver a recordar la vida de una adolescente dramática como yo.


Imperitura.



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