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Esa herida...

Actualizado: 1 ago 2022

Las heridas del alma se sienten como un peso permanente que se recuerda hasta en el mínimo instante. Están presentes para agobiar nuestros logros y triunfos; y así recordarnos que en algún momento no nos sentimos amados, como esperábamos.


Todos tenemos aflicciones de las que no nos reponemos con facilidad; esas que nos persiguen desde nuestra infancia con las que lidiamos a diario, y que nos desgastan un montón física y emocionalmente. Muchas de estas heridas nos han condicionado la vida por medio de ideas, miedos y creencias infundadas, que nos limitan y no nos permiten alcanzar nuestro potencial.


Y la verdad, aunque duela, es que casi siempre son culpa de uno de los padres, o en los peores casos, de los dos. Esas personas que nos trajeron al mundo, y que debieron cuidarnos, aceptarnos y amarnos sin condiciones. Ellos son responsables de gran parte de las inseguridades que tenemos, de los miedos que no nos dejan avanzar, de la falta de autoestima, y de que sintamos que no estamos completos, así no sea verdad.


A algunos se nos exigió cumplir sus metas, sus logros, hacerlos sentir orgullosos; nos han impuesto sus gustos, sus miedos, sus formas de crianza, por lo general retrógradas. Nos han hecho pensar que su amor estaba condicionado a un buen comportamiento o una buena calificación; y nuestros errores y fallas fueron juzgados con severidad, como si hubiéramos nacido aprendidos.


No podemos olvidar que alguna vez fuimos niños, y solo conocíamos sobre la vida lo que los padres nos enseñaron. Veníamos sin saber nada, pero a algunos se nos exigió saberlo todo.


Sin generalizar, sé que hay adultos que tuvieron unos padres increíbles, y por esto tienen autoestimas altas, y muchos menos traumas que yo. No puedo negar que siento un poco de envidia al ver esos papás amorosos y compresivos de algunos.


Mi papá fue muy severo conmigo en mi niñez y mi adolescencia, lo que causó muchas heridas que estoy procurando sanar en terapia. No quiero entrar en detalle, pero hay situaciones que aún no he podido olvidar y superar; los maltratos físicos y psicológicos están presentes en muchos momentos de mi vida. También las burlas y humillaciones, para su diversión, así como descalificaciones a mi persona, a mis gustos y a mis talentos.


Hoy siento que quería que yo fuera un clon suyo, anulándome, para poder verse en mí. Y sin la intención de culparlo, las situaciones a las que me expuso generaron en mí, un perfeccionismo excesivo y falta de confianza, algo que en la actualidad me afecta a profundidad.


Estas heridas de mi niñez son un tema a sanar en mi vida, que me han sacado lágrimas y dolores de cabeza. Han sido determinantes a la hora de tomar decisiones, en mis relaciones con los demás y en mi relación conmigo misma. La terapia es parte fundamental del proceso de sanar mis heridas y empezar a verlas con amor, y no con dolor.


Ahora pienso en cómo los padres son el resultado de sus padres; es una especie de cadena donde se transmite lo bueno y lo malo a los hijos. Por lo que todos mis ancestros son responsables de los aciertos y los desastres de mi mamá y mi papá.

Es importante decir que la relación con mi padre no es mala del todo y que no lo considero un mal ser humano. Pero creo que es una persona muy herida, traumada y con temas emocionales que no ha resuelto, y que sé que le cuesta enfrentar. Y sinceramente no sé cómo haya sido su crianza y su vivencia, más allá de las anécdotas familiares.


Soy consciente que no es mi deber juzgarlo, aunque en momentos puntuales lo he hecho; lo más sencillo es culparlo de mis dramas, porque me quita la responsabilidad sobre mi propia vida y me pone en la cómoda, pero horrorosa posición de víctima, en la que no me gusta estar.


Yo sé que soy totalmente responsable de mis pensamientos, mis emociones y mi reacción ante las situaciones, y es hora de soltar todo aquello que no me permite avanzar hacia donde quiero llegar.

Ahora que soy mamá, procuro no repetir con mi hijo los patrones que me hicieron daño, y me cuestiono cada decisión que tomo, buscando nunca herirlo. Soy consciente de que le voy a causar algunos traumas, y lo haré pasar vergüenzas, pero tengo claro que mi amor por él nunca estará condicionado a nada, y que siempre voy a apoyarlo, esté de acuerdo o no con sus decisiones. Y por supuesto, no me voy a burlar de él ni mucho menos humillarlo; respetaré sus gustos y talentos, dejándolo ser y permitiéndole vivir su vida a su gusto.


Y cuando me reclame por sus traumas, me haré responsable de ellos; sé que no soy infalible como mamá. Lo que sí tengo claro es que estos nunca serán causados por violencia física o psicológica. Por lo que he decidido que algunos de los traumas heredados por mí, morirán conmigo para que ninguno de mis descendientes carguen con ellos de nuevo.


Para terminar, los niños son seres humanos a los que hay que tratar con respeto y dignidad. Cada cosa que hacemos o decimos les genera heridas muy difíciles de sanar y que definen al adulto del futuro. Las familias son el espacio seguro al que todos tenemos derecho y lo correcto es ser los mejores padres para nuestros hijos.


Lo que pasó en mi infancia, ya fue, y es inmodificable, pero no me define, solo yo soy dueña de mí y de mi vida.


Imperitura.






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